Wolfenstein: Youngblood

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Análisis – Wolfenstein: Youngblood

Tras conseguir uno de los mejores reboots de los últimos años junto con DOOM, Bethesda y Machine Games vuelven a cargar fusiles para darnos una nueva entrega de la saga Wolfenstein, esta vez protagonizada por las dos hijas gemelas de B.J. Blazkowicz en una aventura completamente enfocada al cooperativo. Jess y Soph tendrán la difícil tarea de permanecer a la altura del gran legado que ha dejado su padre durante los tres sobresalientes últimos títulos de una franquicia que ha vuelto para quedarse. ¿Será suficiente la nueva apuesta de MachineGames, acompañados esta vez por Akane Studios, para conseguirlo?

MachineGames, Arkane Studios y la arriesgada apuesta por el cooperativo

Para un servidor, tanto The New Order y The Old Blood, como The New Colossus, son algunos de los mayores referentes dentro del género shooter en primera persona de los últimos años. Con ellos, B.J. Blazkowicz volvía al panorama actual de los videojuegos de la mejor forma posible, gracias a la trepidante y sangrienta acción que ofrecían estos títulos con una fórmula que aún hoy en día está al alcance de muy pocos.

Volver a coger nuestro fusil para matar a todo nazi que se ponía en nuestro camino era una sensación muy difícil de repetir. Con DOOM de 2016 me pasaba algo parecido. Con estos juegos te sentías tremendamente poderoso con un arma en tus manos, sin que nadie pudiera pararte en ningún momento. Además, una de los elementos que siempre ha caracterizado a los últimos Wolfenstein es esa importancia que le dan a la historia que te quieren contar, siendo videojuegos que no tratan sólo de correr y disparar, sino que tienen una importante carga narrativa gracias a un sinfín de cinemáticas de gran calidad. Así, Terror Billy pasaba de ser una simple máquina de matar alemanes a una persona con sus preocupaciones y sentimientos, con sus miedos e incertidumbres. Un ser humano al fin y al cabo.

Esta mezcla tan particular llena de constrastes ha convertido a Wolfenstein en una de las sagas a las que más cariño les tengo actualmente. Por ello, desde que se anunció Youngblood, no he tenido más que dudas sobre este nuevo planteamiento a la fórmula, con lo que parecía un mayor acercamiento al mata-mata sin parar en cooperativo. Lo cual no está mal, pero temía que esto alejara de cierta forma a la saga de lo que le ha caracterizado hasta ahora, como es esa importancia en sus personajes y los sucesos que tienen que vivir. Y parece que no iba muy desencaminado.

Siguiendo el enorme legado de Terror Billy

Pero antes de entrar en más detalle, centrémonos en lo que nos ofrece Wolfenstein: Youngblood. Sin entrar en ningún tipo de spoilers por si no habéis jugado aún a su segunda entrega, en Youngblood Blazkowicz ha desaparecido tras una misión en París, y sus hijas, Jess y Soph, salen en busca de papá poniendo a prueba todo lo que les ha enseñado el gran héroe de guerra durante todos estos años. Una premisa bastante sencilla que sirve como excusa para seguir pegando tiros por la capital francesa ocupada por los nazis.

¿Suficiente? Quizás no. En sus predecesores, Terror Billy y sus aliados vivían un continuo conflicto debido a una guerra por volver a conseguir la libertad tras un dominio absoluto alemán. Todo era, hasta cierto punto, creíble. No dudabas de las motivaciones de los personajes con los que te jugabas el cuello en cada misión, ni de la del mismo protagonista. Sin embargo, el hecho de que Youngblood sustente toda su trama en simplemente buscar a Blazko me parece un tanto pobre. Aparte de la relación que mantiene él con sus hijas, y cómo las motiva a seguir adelante (la cual está bastante bien implementada a modo de flashbacks), el resto de la historia podría catalogarse como relleno poco digno para una secuela de la gran historia que nos contaron en The New Colossus.

El killing-nazis simulator está de vuelta

Pero bueno, esto no deja de ser un Wolfenstein y aquí hemos venido realmente a pegar tiros, y en eso, al igual que nuestro ya tradicional repertorio de armas, sigue igual de preciso y brutal. Como buenas hijas de su padre, tanto Jess como Soph, aunque tienen sus dificultades al principio, son unas auténticas máquinas de matar nazis. Jugablemente, Youngblood sigue los pasos de Wolfenstein II, con un gunplay prácticamente sacado de esto juego pero con algunas mejoras aquí y allá. Y es que, si algo es perfecto, ¿por qué tocarlo? Quizás para algunos jugadores peque de ser algo continuista en este sentido, pero el juego sigue siendo extremandamente divertido, adictivo y sangriento.

Como es natural, tendremos a nuestra disposición un arsenal lleno de fusiles, pistolas, escopetas y algunas armas especiales que repiten apariciones de nuevo en esta ocasión, pudiendo personalizar todas ellas para afrontar los combates a nuestros gusto, como ya hizo Wolfenstein II en su momento. A esto hay que sumarle nuestra siempre fiel arma blanca, que nos servirá para acabar con los enemigos en sigilo o a distancia, además de contar con una serie de habilidades gracias al traje que visten las gemelas, como hacerse invisible. Todo ello convierte a Youngblood en todo lo que esperábamos en este aspecto, con diferentes opciones disponibles para afrontar una misión. No pone nuevas cartas sobre la mesa, pero usa las que ya tiene de forma notable para darnos de nuevo una experiencia excitante, destacando, además, la gran importancia que le han dado desde MachineGames a la personalización tanto de nuestro personaje como de nuestro arsenal.

Cooperativo y diseño de misiones: luces y sombras

La principal novedad de Youngblood con respecto a juegos anteriores, como he comentando unas líneas más arriba, es la inclusión del cooperativo online. En esta ocasión podremos destrozar alemanes con nuestros amigos, o con gente random de internet. Una adición que muy pocos vieron venir antes de su anuncio debido a la clara naturaleza de juegos de un jugador que tiene la saga. Y lo cierto es que, por desgracia, este Youngblood no ha conseguido dar con la tecla para conseguir implementar el online de forma significativa en Wolfenstein.

Quiero decir, jugar con gente siempre es divertido, y más si es para pegar tiros como locos. Pero aparte de eso, el juego no se esfuerza del todo en dar una experiencia cooperativo que realmente merezca la pena. Lo único que haremos con nuestro compañero cuando no estamos disparando es abrir puertas, literalmente. Es cierto que hay elementos interesantes como compartir las vidas o poder dar un «buffo» de vida o de armadura a la otra hermana, pero nada más. Jugando, me ha dado constantemente la sensación de que Youngblood no se llega a esforzar del todo en justificar que esto sea de verdad una experiencia cooperativa, a pesar de plantear buenas ideas sobre la mesa. Quizás sea por el carácter lineal que presentan las misiones y escenarios, los cuales dan bastante poco juego a la hora de plantear una estrategia más que salir a matar como locos, pero con todo esto y con una IA aliada que cuando no jugamos online molesta más que ayuda, casi que prefiero un Wolfenstein tradicional a un cooperativo a medias.

Desde París con amor

Gráficamente, al igual que en su jugabilidad, Youngblood mantiene el motor gráfico de la segunda entrega, con unos escenarios y efectos que, sin ser los más punteros en tecnología de actual generación, cumplen sobradamente en dar vida a esta versión distópica de París. Algunos de sus distritos parecen sacados de una postal, y dan ganas de quedarse mirando las fachadas de sus edificios durante unos instantes (de no ser porque estamos constantemente acribillados por simpatizantes del señor con bigote). Junto a esto, nos acompaña un sensacional apartado sonoro como ya nos tiene acostumbrado la franquicia.

En lo que respecta al rendimiento, por nuestra parte hemos podido jugar a la versión de PC, siempre una de las opciones más recomendables para vivir una experiencia shooter tan intensa como esta. Y lo cierto es que en un equipo de gama media-alta (con una GTX 1060, un procesador Ryzen 5 1400 y 16 GB de Ram) Youngblood se ejecuta a las mil maravillas sin dar ningún tipo de bajón de fps en calidad alta y ultra. Si pudisteis probar Wolfenstein II en vuestros ordenadores de forma fluida, el rendimiento en esta ocasión es prácticamente el mismo, por lo que no tendréis problemas para jugarlo.

La alargada sombra de papá

Wolfenstein: Youngblood es un juego con muchas luces y sombras. Su obsesión por dar al jugador una larga experiencia cooperativa, con miles de misiones para hacer como excusa para el continuo mata-mata, lastran de forma notable la experiencia Wolfenstein tradicional. El online divierte, pero podría haber dado más de sí, y la IA aliada no ayuda a la hora de querer jugar en solitario. Sólo cuando intenta volver a lo que realmente debe ser, con unas misiones principales dignas de su nombre, llega a alcanzar la alargada sombra que ha dejado a su paso Terror Billy. Pero Jess y Soph, aunque lo intentan con su carácter más desenfadado que les sienta realmente bien, no consiguen alcanzar el trono que sigue ocupando su padre.

Youngblood es divertido y adictivo, sí, con muchas horas de contenido. Un buen shooter en general. Pero la saga en sus tres entregas anteriores era mucho más que eso. Establecía una fórmula muy difícil de superar por sus competidores, y aquí se queda a medias en un título demasiado continuista.

Este análisis se ha realizado gracias a una copia digital de Wolfenstein: Youngblood para Steam enviada por Bethesda España

The Good

  • Mantiene la endiabladamente divertida jugabilidad Wolfenstein
  • Cómo trata la relación padre-hijas
  • La esencia más desenfada que aportan Jess y Soph
  • Muchas cosas por hacer
  • Gran importancia en la personalización de nuestro personaje y arsenal

The Bad

  • Demasiado continuista
  • El cooperativo presenta buenas ideas, pero no las sabe ejecutar correctamente
  • IA aliada que deja bastante que desear
  • Historia que sabe a relleno como excusa para el mata-mata
  • Diseño de misiones secundarias bastante pobre
7.5
Rubén López

Written by: Rubén López

Videojuegos, cómics, cine y música. Es todo lo que necesito en este mundo. Redactor a tiempo parcial y amante de las buenas historias.

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